Por Jeannette von Wolfersdorff, Directora Ejecutiva del Observatorio del Gasto Fiscal.

En la primavera del 1945, aviones de EE.UU. e Inglaterra lanzaron paquetes de comida hacia la población de Holanda. Sus habitantes habían pasado por un gélido invierno en el cual murieron cerca de 20.000 personas de hambre, a causa de bloqueos alemanes solo meses antes del fin de la Segunda Guerra Mundial.

En este durísimo invierno, los holandeses no alcanzaron a contar ni con un tercio de las calorías normales para vivir; algunos comieron pasto, bulbos de tulipanes, todo lo que parecía comestible. Décadas más tarde, las masivas privaciones que sufrieron fueron objeto de análisis científicos, con hallazgos sumamente relevantes para la ciencia, la medicina aplicada y las políticas públicas: los bebés que sufrieron de la hambruna en etapas tempranas de gestación registraban décadas después mayores índices de obesidad, dolencias cardíacas, depresión, enfermedades mentales, envejecimiento acelerado y enfermedades cardiovasculares, junto con una menor capacidad intelectual y una clara caída de su empleabilidad, comparado con personas que no habían pasado por malnutrición en temprana edad.

Los hallazgos descritos muestran la relevancia de la epigenética, disciplina que investiga cómo factores externos, como la alimentación, influyen en la expresión de los genes, tanto de nosotros mismo, como de nuestros descendientes. Basado en este descubrimiento, múltiples estudios cuantifican el impacto de la nutrición sobre las enfermedades crónicas no transmisibles, el rendimiento escolar y la productividad de las personas. Es ante todo el “Global Nutrition Report” (2016) que da luces interesantes acerca de las cifras detrás de la malnutrición: según ello, descuidar la nutrición tiene un costo comprobadamente alto, con pérdidas económicas alrededor de un 10 % del PIB a nivel global. En China, las pérdidas de PIB debidas a la obesidad probablemente se duplicarían desde un 4% en 2000 al 9% del PIB en 2025; además de la diabetes que ya está disminuyendo los ingresos de las personas afectadas en un 16%. Otro ejemplo son los EE.UU., donde una persona obesa causaría un gasto de salud adicional equivalente a un 8% de los ingresos anuales de todo su hogar. Al revés, invertir en la alimentación adecuada para evitar enfermedades crónicas y mejorar el bienestar es quizás una de las mejores inversiones que el sector público puede hacer: en promedio, por cada peso invertido en programas adecuados los beneficios son valorizados en 16 pesos. En esta misma línea, el estudio “Nutrition economics – food as an ally of public health” del British Journal of Nutrition (2013) demuestra la importancia de invertir especialmente en la alimentación de las madres embarazadas, considerando que un óptimo desarrollo físico y mental de las personas solo se puede lograr invirtiendo en la nutrición durante los primeros 1.000 días de vida, contando desde su concepción.

¿En Chile, tomamos en serio las evidencias en este campo? La evidencia acumulada permite concluir que la nutrición no solo es un tema de elección individual, sino también un asunto público. Como lo señaló recién la CEPAL, la obesidad ha aumentado el gasto fiscal por cerca de los 330 millones de USD en 2014, con una prevalencia de sobrepeso en torno a un 70% en la población mayor de 20 años. En futuro, lo anterior provocará un fuerte impacto en la economía y en el sistema de salud. Más allá de ello, queda abierta la pregunta, ¿cuánto podríamos mejorar el bienestar, el rendimiento escolar y nuestra productividad basado en una alimentación óptima?

Los Ministerios de Salud y Educación fueron las partidas con mayor gasto público neto en 2016. Además mostraron el mayor crecimiento durante los últimos cinco años, con una tasa promedio anual de 9%. En conjunto, se reservan más de un tercio del presupuesto, mientras que la alimentación se lleva apenas el 1%. Es decir, es como pagar una cuenta de agua sin tratar de apagar el grifo.

¿Qué podría hacerse en Chile? Primero, se podría dar mejor información respecto del peligro de una inadecuada alimentación; junto con ello, se deberían identificar aún más alimentos o suplementos que son nocivos, mientras, por el contrario, se podrían destacar los alimentos saludables en la góndola, tal como Japón lo implementó a través de los alimentos de función terciaria. También, debería elaborarse una estrategia especial para la adecuada alimentación de los bebés en los primeros 1.000 días de vida, desde su concepción. Implicaría no solamente la ingesta de vitaminas y minerales por parte de la madre embarazada y el bebé, sino también la consideración estratégica de los adecuados ácidos grasos de fuente animal, que son esenciales para el desarrollo cerebral. Junto con ello, Chile debería disponer de más especialistas en materia epigenética y nutrigenómica, e instalar equipamiento para producir y medir continuamente el impacto de los alimentos en nuestra salud.

Las inversiones en alimentación e “infraestructura de materia gris” son quizás las más importantes que se pueden hacer, como lo indicó Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial. Mientras tanto, demasiados niños se encuentran en desventaja antes de que incluso ingresen al colegio porque no cuentan con una nutrición temprana adecuada, y demasiadas personas adultas sufren de enfermedades crónicas por no haber sabido cómo prevenirlas.


Disponible en Voces de La Tercera.

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One thought on ““Nutrition Economics”: La alimentación como mejor aliado de las Finanzas Públicas

  1. Excelente columna, qué bien que entes externos al área de la salud sean capaces de valorar la importancia de la nutrición y sus avances para el desarrollo de una sociedad más justa y equitativa. Quizás si las autoridades invirtieran en superar la obesidad, así como invirtieron en mejorar la desnutrición, se ahorrarían muchos recursos y se evitaría la inminente saturación de los servicios de salud por efecto de las enfermedades crónicas asociadas a la obesidad. Chile ha tenido una transición epidemiológica demasiado acelerada, quien sabe por las huellas epigenéticas de nuestros abuelos, que son los sobrevivientes de la desnutrición… En los años 50 la desnutrición afectaba al 63% de los niños y la expectativa de vida era de apenas 38 años… El Dr. Monckeberg (fundador del INTA y Premio Nacional de Ciencias) atribuye el crecimiento económico y desarrollo de nuestro país a la superación de la desnutrición infantil (hoy es apenas 0,5%). Hoy en día enfrentamos el problema contrario, con efectos más camuflados pero no menos graves. Una articulación multisectorial es necesaria para dar solución a este problema que afecta a la gran mayoría de nuestra población. Saludos y fue un agrado leer el artículo.

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